En un mundo en el que los cultivos tienden a uniformarse y se pierde diversidad genética, se desarrolla una iniciativa que busca preservar semillas criollas y nativas como base de la producción local y la identidad cultural.

Se trata del proyecto Raíces, una propuesta que se desarrolla en Jujuy, Misiones, Bolivia y Brasil, y que pone en el centro a los productores y sus saberes.

En nuestra provincia, más de 150 productores, en su gran mayoría pertenecientes o descendientes de pueblos indígenas, ya participan en esta primera etapa. El trabajo se enfoca en el rescate y mejoramiento de cultivos tradicionales como maíces locales, papas andinas, quinua, habas y porotos, adaptados durante generaciones a las condiciones del territorio.

El proyecto se apoya en metodologías como el mejoramiento genético participativo, que implica que productores y técnicos trabajen de manera conjunta en la selección y reproducción de semillas. A diferencia de los modelos tradicionales, la mejora ocurre directamente en el campo, respetando las dinámicas locales y fortaleciendo la autonomía de las comunidades.

Desde el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), organismo que coordina la implementación en el país, destacan que estas semillas no solo representan diversidad genética, una característica importante para resistir eventos climáticos extremos o nuevas enfermedades,  sino también historia, cultura y conocimiento ancestral.

En Abra Pampa, la Estación Experimental del INTA articula las acciones en territorios que van desde la Puna hasta los valles. Allí, además de conservar variedades, se promueve el agregado de valor. En localidades como Casti, por ejemplo, mujeres productoras impulsan emprendimientos vinculados al procesamiento de papas andinas, combinando producción, identidad y desarrollo local.

Otro eje central es la creación de corredores de agrobiodiversidad, que permiten conectar zonas de conservación y multiplicación de semillas. Esta estrategia no solo protege las variedades existentes, sino que favorece su adaptación continua a los cambios ambientales.

La diversidad genética funciona, en este sentido, como un “seguro biológico” ya que cuanto mayor es la variedad dentro de un cultivo, mayores son las posibilidades de resistir sequías, heladas, plagas o enfermedades.

El proyecto también impulsa la conservación “en campo”, es decir, en los propios sistemas productivos, donde las semillas siguen evolucionando. Este enfoque se complementa con espacios de resguardo como bancos o casas de semillas, fortaleciendo un circuito en el que las comunidades conservan, producen e intercambian sus propias variedades.

A nivel regional, la iniciativa es coordinada por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura y cuenta con el liderazgo técnico de la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria. En la Argentina, además del INTA, participan la Fundación Argeninta y equipos técnicos locales.

El proyecto Raíces prevé alcanzar a unos 1.200 productores en el país, con especial énfasis en la participación de mujeres, jóvenes y comunidades indígenas, consolidando una red que combina producción, conocimiento y conservación.

La iniciativa es financiada por el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) con aportes de la Unión Europea